El año sin verano…

… de Carlos del Amor.

Cómo me gustan estos días en que los imprevistos dejan que acabes antes con todo lo que tenías que hacer y puedas dedicar algo de tiempo a una lectura que te tiene de lo más intrigada y que encima puedes incluso permitirte el lujo de hacer un hueco para escribir lo que te ha parecido.

Eso es lo que me ha ocurrido hoy. El año sin verano ha resultado una lectura de lo más adictiva que comencé el domingo por la mañana y con la que ayer casi no tuve tiempo de ponerme. Hoy me la he llevado conmigo a todas partes y he aprovechado cada minuto para ir avanzando. No es una cosa que suela hacer pero estaba realmente intrigada en una trama que me ha parecido de lo más original y que me ha mantenido enganchada desde la primera página.

Carlos del Amor nos sitúa, nada más empezar en mayo de 2013, un mes en el que los metereólogos anunciaban que el verano que se avecinaba, realmente no iba a ser verano. Con este comienzo nos recuerda que en 1816 ocurrió lo mismo. También resultó ser un año sin verano y durante el mismo, transcurrió algo a lo que debemos que Mary Shelley escribiera lo que más adelante llegó a ser Frankenstein. Esto os lo cuento porque es una historia que me persigue últimamente y con la que aproveché para hacer una entrada hace casi un año en el blog para conmemorar el aniversario del nacimiento de dicha escritora. Como poco, la habré escuchado en diversos medios de comunicación, a modo de curiosidad, en los últimos meses algo así como media docena de veces y solo quería compartir con vosotros mi agradable sorpresa cuando ya en la segunda página de esta novela volvía a aparecer delante de mis ojos. Hay veces que las cosas se cruzan en tu camino y no sabes muy bien cómo ni por qué pero ahí están 😉

Volviendo a la novela…

Después de esta breve introducción en la que el autor nos intenta aclimatar a lo que nos iremos encontrando meteorológicamente hablando, nos encontramos ya con un párrafo que es el que se muestra a modo de sinopsis en la trasera del libro:

“El 2 de agosto dejé el coche en el garaje. Estaba desierto. Al llegar al portal, abrí la puerta y maldije una nueva avería en el ascensor, tan bonito y antiguo como poco práctico. Vivo en un sexto piso de un edificio de siete plantas, así que emprendí la escalada resignado. En el tercero, di una patada a algo, encendí la luz del rellano y vi un enorme manojo de llaves”. Sigue leyendo