Serotonina…

Serotonina. Michel Houellebecq.

Otra del imprescindible Houellebecq.

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Edita: Anagrama
Título original: Sérotonine
Traducción: Jaime Zulaika
Colección: Panorama de narrativas
ISBN: 978-84-339-8022-9
Núm. de páginas: 288
Publicación: 09/01/2019
19.90 €

Acabé el año 2018 disfrutando una de las más polémicas novelas del autor, Plataforma, y, aunque tardara en escribir la reseña, me hice con el libro muy poco después de que se publicara. He leído casi la totalidad de sus novelas y por supuesto no quería dejar que pasara mucho tiempo para hincarle el diente a su último trabajo de ficción.

Humildemente he de decir, ya desde el principio, que no solo es que no me haya defraudado, sino que creo que su carrera literaria sigue ascendiendo. Sigue siendo Houellebecq y su personaje principal más “encantador” que nunca con una novela que creo está la altura del seguidor más exigente. Un personaje tan polémico como él tiene muchos detractores y su figura pública es muy notoria como el artista multidisciplinar que es. No le son ajenas ni las letras ni las imágenes. Novelista, poeta, ensayista y cineasta… tiene una biografía como para merecer la pena detenerse. Este funcionario público retirado de pensamiento políticamente incorrecto tiene en su haber un montón de premios y reconocimientos entre ellos el premio Goncourt y además es  Caballero de la Legión de Honor.

Sé que me repito si digo que Houellebecq es para mí un escritor de transcendencia y al mismo tiempo muy enclavado en nuestra época, hablando de nuestra sociedad y de sus problemas. El tiempo dirá si se convertirá en un auténtico clásico o si perderá vigencia o interés al cambiar la realidad social. Pero parece que esto a él le trae sin cuidado, tan poco complaciente como parece.

En este caso, el personaje principal es también el narrador, alguien que no se hace querer, que incluso se dirige directamente el lector, y, desde luego, con poca complacencia y nula empatía. Nos va ofreciendo información fragmentada e interesada  de sus aventuras. Su nombre es Florent-Claude Labrouste y ya pasa de los cuarenta años. Una de las cosas que primero sabemos de él es su nombre y sus sentimientos de rechazo hacia él. El segundo dato más importante es que se medica con un antidepresivo que libera serotonina. La serotonina ayuda a regular los ciclos de sueño y vigilia y juega un papel clave en equilibrar el estado de ánimo. Se ha venido usando para tratar la depresión, sin embargo tiene tres efectos secundarios poco atractivos: náuseas, desaparición de la libido e impotencia. Según nos cuenta Florent esta “droga de la felicidad” no es tanto una prescripción facultativa como producto de la automedicación. Algo a tener en cuenta para confiar en su fiabilidad como narrador.

Después de la presentación inicial comienza la historia. Todo empieza en España, concretamente en Almería y con un encuentro casual en una gasolinera con dos chicas con problemas prácticos. Luego nos desplazamos a las calles de París y después a Normandía, donde los agricultores están en pie de guerra. La situación social está en declive: Francia y la Unión Europea parecen irse al traste, un reflejo de la propia vida a la deriva de Florent. No tiene nada en lo que apoyarse: ni la cultura, ni el sexo ni el amor.  Ve el conflicto entre la teoría y la práctica y es testigo de cómo una civilización desaparece simplemente por hastío, y autodesprecio.

Florent descubre unos salvajes vídeos pornográficos protagonizados por su novia japonesa. Abandona su trabajo y se muda a un hotel. Vagabundeamos con él por la ciudad mientras somos testigos de sus pensamientos, reflexiones y desvaríos. De esta forma llegamos a conocer sus relaciones, aunque siempre con un denominador común: el fracaso. Éste nos provoca unas veces desasosiego y otras hilaridad. Pero lo que determinará toda la trama será el encuentro con un viejo compañero de estudios.

Se preocupa por pensar en la diferencia entre los sexos y expone con una claridad asombrosa sus teorías al respecto y dice, por ejemplo, que el amor es en el hombre un fin y no un comienzo como para la mujer. Unos pensamientos que determinan su forma de actuación.

El desánimo está muy presente en todas sus valoraciones, ese convencimiento de que no se puede hacer nada, de que no nos escuchamos. Sólo lo hacemos de manera excepcional para reafirmar nuestras convicciones y dejar que las palabras ajenas nos acompañen en nuestro camino hacia la aniquilación final. Aquí no sirven las idealizaciones, ni personales, ni sociales ni incluso del medio natural. Florent, como experto en agricultura, hace una observación muy interesante respecto a la naturaleza salvaje y a la errónea concepción que solemos tener al creer que lo natural es mejor que lo manipulado por el hombre. Algo escalofriante si nos damos cuenta de lo que reflexiona acerca de lo negativo de condición de los europeos.

Con todo lo dicho creo que dejo muy claro que considero que esta es una obra imprescindible y que Houellebecq es un narrador y analista social único. Tiene un genio narrativo que demuestra su capacidad hasta en los momentos más insospechados, como cuando describe una canción sin apenas utilizar apenas valoraciones puramente musicales ni tampoco apelar a las emociones creadas, sino simplemente narración pura, o cuando describe sus sensaciones cuando aprende a manejar un rifle. Os invito a que lo leáis y lo paladeéis, pero también entendería que hubiera alguien que “preferiría no hacerlo“;).

Nacho GO

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