El abuelo…

… de Aleksandr Chudakov.

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ISBN: 978-84-15509-35-6
Encuadernación: Cosido
Formato: Rústica con solapas
Fecha de publicación: 29/11/2016
Número de páginas: 544
Traducido por: Yulia Dobrovolskaia y José María Muñoz Rovira
PVP: 24.50€

Esta vez nos vamos de viaje a Chebachinsk, una ciudad ficticia, poblada por exiliados políticos situada en el norte de Kazajistán donde conocemos al abuelo de Antón, que después de una vida cargada de vivencias y sabiduría a sus espaldas decida que a sus 97 años es el momento de convocar a toda su familia para resolver unos ligeros “problemas de herencia” ante la proximidad de su muerte.

El abuelo, originalmente publicada en Rusia en 2001 y nominada ese año al Premio Booker Ruso tendría que esperar hasta 2011 para ser galardonada con el Premio Booker Ruso de la Década por tratarse de una obra que se sumerge en el pasado reciente de Rusia ofreciéndonos, a través del punto de vista de Antón, una tesis sobre la vida de sus gentes durante todo un siglo.

Y es de la mano de Antón, casi en su totalidad narrada en tercera persona con breves incursiones abruptas en primera persona, lo que da más fuerza a ciertos puntos claves de la novela, como vamos conociendo los terribles años del régimen soviético, los diversos casos de exilio, la represión, el precio que por aquel entonces se pagaba para poder sobrevivir al hambre y al duro trabajo que acompañaba cada día a los protagonistas y lo hace presentándonos a todos aquellos que de una manera u otra influyeron en su vida. No creo que se me olvide la manera en la Chudakov es capaz de transmitir la sensación de hambruna que se vivieron durante esos años…

Chudakov nos pone rápidamente en la escena de esa casa en la que se reunirá la familia de Antón. Nos presenta a sus padres, sus tíos y tías junto con sus respectivos hijos, todos ellos con vidas protagonistas de una Rusia oprimida y los sitúa en diferentes frentes de la sociedad de la época para que el lector rápidamente se haga una idea del sufrimiento y las consecuencias que el régimen soviético infligía en cada una de ellas, a cada uno a su manera pero todos salían tocados por la Rusia estalinista. Sin embargo también Chudakov nos muestra el espíritu humano de esa sociedad para mostrarnos la fortaleza sus gentes y sus tradiciones haciendo que durante la narración no sólo te empapes de la gran cantidad de notas históricas que nos va dejando con sus pinceladas propias del académico que es, conocido como el más experto en la obra de Chéjov, y que fue capaz de sorprender a público y crítica con su debut literario a través de esta novela.

El amplio elenco de personajes con el que comienza la novela brinda una oportunidad de oro para abrir un abanico de personajes de los que Antón extrae una cantidad ingente de anécdotas a través de su abuelo. Un hombre cuya sabiduría no tiene límites y con un don especial para que cualquier momento del día sea bueno para recibir una enseñanza de manera que la influencia de su abuelo se palpa a lo largo de toda su vida. Esta cualidad del abuelo se palpa en toda la novela y mientras Antón nos habla de las clases magistrales que su abuelo le impartía Chudakov nos acerca al pasado de la misma forma: aprovechando cada instante para situarnos en un punto clave de la historia.

“La geografía y las ciencias naturales el abuelo no las enseñaba en la clase, sino durante los paseos por el bosque, no tan lejos de aquel Platón que instruía a los antiguos griegos en medio de un naranjal. El abuelo explicaba cómo deducir la altura de los árboles, y cuando alzara las cabezas, aprovechaba para contar a qué altura están los cirros y a cuál los cúmulos, en qué se diferencia el plumaje del petirrojo y la oropéndola, cómo son y dónde están los nidos, enseñaba a reconocer sus voces, informando de paso que el cuco hace su cucú sin abrir el pico. Explicaba cómo los islandeses consiguen el plumón de ediles. Este plumón cubre por dentro el nido del eider. Lo extraen y de paso se llevan los huevos. El pájaro recubre nuevamente el nido y vuelve a poner huevos. Se lo llevan otra vez, de una decena de nidos se puede recolectar una libra y media de plumón. Pero no vacían los nidos por tercera vez, cosa por que el abuelo alababa a muchos islandeses, aunque Antón no comprendía la razón.”

Antón ahora vive en Moscú, es historiador y vuelve a Chebachinsk para hacer una visita a su abuelo. No nos importa quién se quedará la casa, de hecho es algo que ya deja caer al principio de la novela, sino que lo importante es hacernos partícipes del gran vínculo creado entre dos personas con una diferencia de edad de 60 años, la persona que Antón ha llegado a ser y el agradecimiento infinito a su abuelo por haberle dado tanto a través de los vistazos al pasado de su familia y todos los que se relacionaron con ellos de una u otra forma. Un estupendo monumento a la memoria a través de los ojos de dos personajes inolvidables.

El abuelo completaba constantemente en la conciencia de Antón lo que ahora llamarían “el libro de los récords Guiness” de la naturaleza, le contaba lo más de lo más: el animal más veloz es el guepardo (al igual que el galgo posee una columna vertebral flexible, por eso es capaz de alargar tanto el paso de las patas traseras); el sonido más fuerte de la historia fue la explosión en 1883 del volcán conocido con el formidable nombre de Krakatoa, el estruendo se oyó a cinco mil kilómetros, la piel más elástica es la del hipopótamo a pesar de sus dos centímetros de grosor…” y aprovechaba cualquier ocasión para transmitir conocimientos, incluso cuando tenía que reprender al pequeño Antón con un “Escucha con los oídos, no con la barriga, que para eso eres persona y no langosta” (sus órganos auditivos están en el abdomen). Sabía tantas cosas…

Eris

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