El año del verano que nunca llegó…

… de William Ospina.

Algo hace pensar que esta maravillosa novela, como la criatura Frankenstein, no tuvo infancia, pero también que, como el vampiro, está fuera del tiempo…

RH30293

Precio con IVA: 18.90 €
Fecha publicación: 05/2015
Idioma: Español
Formato, páginas: TAPA DURA, 304
Medidas: 143 X 236 mm
ISBN: 9788439730293
Temáticas: Contemporánea
Colección: Literatura Random House

Sinopsis

En el verano de 1816, Lord Byron, John Polidori, Percy Bysshe Shelley y su esposa Mary Shelley coincidieron en la magnífica Villa Diodati, situada junto al Lago Leman. Las inclemencias del clima, provocadas por la catastrófica erupción volcánica de Tambora, en Indonesia, que cubrió el cielo de nubes de ceniza y de azufre, les impidieron abandonar la villa durante tres días, que fueron como una larga y tenebrosa noche. En este ambiente cargado de misterio y nerviosismo, entre relámpagos, terribles ráfagas de viento y los relatos del Phantasmagoriana leídos en voz alta bajo los fulgores fantásticos del fuego de la chimenea, se gestaron dos de los grandes mitos de la novela gótica: Frankenstein y el vampiro.

Esta historia ha sido para muchos autores motivo de búsquedas obsesivas y rebuscadas interpretaciones. En esta novela, William Ospina nos seduce con sus palabras y nos introduce en el mundo fantástico de esta inagotable historia para reflexionar sobre la coexistencia de lo sublime y lo monstruoso, lo siniestro como límite de lo bello y la necesidad del hombre de reinventarse en los mitos para darle sentido a la existencia.

El autor

«Me sorprendió que la erupción de un volcán a mediados de 1815, en Indonesia, hubiera sido una de las causas eficientes del nacimiento en Occidente de la moderna leyenda del vampiro y de la pesadilla del ser viviente hecho con fragmentos de cadáveres. Sentí el extraño agrado de ver cómo se unían en una sola historia, que yo presentía vagamente, las vidas de Byron y Shelley con la catástrofe de una erupción volcánica en los mares del sur, con un tsunami en las costas de Bali, con esa nube de azufre y ceniza y cristales volcánicos que ennegreció el cielo de la península de Indochina y que los monzones se fueron llevando hacia el norte, desatando el cólera en la India y ahogando muchedumbres en las inundaciones del Yangtsé y del río Amarillo. Aquella historia unía cosas extremas, abarcaba medio mundo, conjugaba fenómenos geológicos y meteorológicos con hechos históricos, personajes literarios y criaturas fantásticas.»

William Ospina (Padua, Tolima, 1954) es autor de numerosos libros de poesía, entre ellos Hilo de Arena (1986),  La luna del dragón (1992), El país del viento (Premio Nacional de Poesía del Instituto Colombiano de Cultura, 1992); de ensayo, entre ellos  Los nuevos centros de la esfera(Premio de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada de Casa de las Américas, La Habana, 2003), Es tarde para el hombre (1992), ¿Dónde está la franja amarilla? (1996), Las auroras de sangre (1999), La decadencia de los dragones (2002), América mestiza (2004), La escuela de la noche (2008) y Pa que se acabe la vaina (2013), y de las novelas Ursúa (2005), El País de la Canela (2008, Premio Rómulo Gallegos 2009) y La serpiente sin ojos (2012), que conforman la trilogía de la Conquista.

En PlanetaEris hemos leído La lámpara maravillosa (2012), editado por Navona (2015), de imprescindible lectura y de la que podéis leer la reseña aquí.

Mis impresiones

El año del verano que nunca llegó es una novela llena de casualidades a través de la que Ospina nos muestra la evolución de cómo la creación de una novela puede convertirse en una obsesión maravillosa en la que descubres cómo el mundo es capaz de encajar sus piezas para que todo siga funcionando y que todo acontecimiento tiene un comienzo curiosamente interconectado.

William Ospina tiene un el don de un maestro para acercarnos sus palabras. Su literatura te embarga de una manera mágica y me da la sensación de que incluso me quedo corta. Cuando comenzó a forjarse en su cabeza El año del verano que nunca llegó no sabía si lo que necesitaba escribir era una novela, pero pronto comprendió que lo que escribiría era su lenta aproximación a unos hechos que hoy es posible que muchos conozcáis y cómo una tormenta en Buenos Aires le condujo a una historia que ya ha sido contada en otras ocasiones, llena de azares e incertidumbres de su propia búsqueda y con la que acabó dominado por la magia de sus personajes.

A pesar de que leí la novela en enero siempre me quedó en la cabeza publicar esta reseña cuando se cumplirían 200 años del año que no hubo verano, algo muy diferente a lo que llevamos vivido en este 2016 con dos olas de calor ya a nuestras espaldas y aún sin tocar el monte-tambora-foto-644x362ecuador de esta estación que anhelamos por la conexión especial que tiene en nuestras mentes con nuestras ansiadas vacaciones. En un monte volcánico de la actual Indonesia que hace dos siglos tenía 4.300 metros de altura de los que hoy, ya conocido como el volcán Tambora, solo quedan sus actuales 2.800 metros, consecuencia de una erupción que destrozó su cono superior. Alzó contra el cielo una nube de azufre, de ceniza y cristales en polvo que ocultó el sol sobre una inmensa región entre Indonesia y Australia, produjo en el mundo una temporada de frío y desolación, desencadenó una ola abrasadora que acabó con la vida de 90.000 personas, hizo extremos el invierno, heló la primavera, dejó a las gentes esperando en vano la luz del verano, y muy lejos de su origen, en las montañas de Occidente, hizo nacer algunas de las pesadillas más persistentes de los tiempos modernos. 

Todo esto ocurrió en abril del año 1815 pero la magnitud de este suceso alcanzó límites inimaginables al generar una oscuridad que se hizo más siniestra al asomarse sobre los paisajes alpinos soltando sus fríos y sus sombras sobre los lagos suizos y envolvió a Ginebra, en las jornadas de junio de 1816, en tres días tan oscuros que pareció realidad una larga noche interrumpida por los crepúsculos. Y fue allí donde ocurrió uno de los acontecimientos literarios que más me han impresionado en mi vida, muy cerca de Ginebra, en las orillas del lago Lemán, donde aquella sombra inesperada, en el momento en que debía comenzar el verano, mantuvo encerrados por varios días a un grupo de extranjeros que se habían reunido casi por azar.

Entre esos personajes estaba la creadora de Frankenstein, novela que lleva años persiguiéndome con sus casualidades, que me han mantenido alerta ante cualquiervilla-diodati pequeña mención sin saber por qué, motivo por el cual quizá El año del verano que nunca llegó haya sido eso que me faltaba para corroborar hay obsesiones buenas que hay que perseguir hasta que uno se sacie. Si ya soy una fiel rastreadora de todo lo que tenga que ver con Frankenstein os podéis imaginar lo que ha significado para mí esta lectura en la que la magia de ese fin de semana en el que Shelley daba nacimiento al género de terror embargó a Ospina hasta hacerlo protagonista de las múltiples conexiones entre los personajes que se encerraron en Villa Diodati ese fin de semana.

Nos acerca poco a poco a Byron, Mary Shelley, Percy Shelley, John Polidori (otro grande que dio vida ese mismo fin de semana a su obra El vampiro, inspiración de el Drácula que todos conocemos) y a todos los que de alguna manera influyeron en la amistad de todos ellos. Nos acerca a sus secretos, sus libros, sus costumbres, sus miedos y sus logros y lo hace en primera persona haciéndonos partícipes de lo que él sintió con cada uno de los descubrimientos que la casualidad le brindaba. Y lo hace tan bien que podría incluso asegurar que me mantuvo tan ensimismada  o más que algunos de los mejores thrillers que he leído hasta ahora.

No creo que exista en el mundo alguien que no sucumba a la manera de narrar de este autor al que conocí con La lámpara maravillosa y que en El año del verano que nunca llegó construye una novela a partir de acontecimientos y personas con vidas dispares que se unieron en una sola historia a la que ha dado vida como nadie. Una lectura que además de proporcionarme unos datos realmente interesantes me brindó la satisfacción de ver cómo todo encajaba y de cómo numerosas anécdotas de mi propia vida tenían un pequeño hueco en El año del verano que nunca llegó.

Siempre me pregunté hacia dónde me llevaba la obsesión, qué era lo que estaba buscando con este rastreo desordenado de hechos que más parecían perseguirme. ¿Era una novela, un ensayo o un diario de viajes? Un día, volviendo a mirar cierto libro casi por costumbre, encontré algo que no recordaba haber leído. Hablaba de cómo es posible presentir un libro sólo por la intensidad con que el motivo inicial actuó sobre el espíritu: “La invención consiste en la capacidad de captar las posibilidades de un tema, y en el poder de moldear y vestir las ideas que éste sugiere”. Al final de mi búsqueda, de repente me sentí interpretado y casi justificado. Las palabras, no sobra decirlo, eran de Mary Wollstonecraft, y estaban en el prólogo de Frankenstein.

No hacemos más que intentar nuestra propia versión de los hechos. Mirar, como desde los desiertos de la luna, el año del verano que nunca llegó.

Fragmento del primer epílogo. William Ospina.

El año del verano que nunca llsinti25cc2581tulo1egó fue mi segunda lectura de este 2016. La primera fue Una saga moscovita. Estamos a julio y ambas siguen siendo las dos mejores lecturas de este año en el que el verano llegó para quedarse, 200 años después de que Frankenstein naciera. 200 años después de que se produjera uno de los acontecimientos que más atrajo a curiosos a indagar sobre ese 1816 en el que los cielos se cerraron para que al abrirse naciera ese ser, injustamente catalogado como terrorífico, que no deja de sorprenderme.

Eris

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6 pensamientos en “El año del verano que nunca llegó…

  1. Hola, tu reseña me ha hecho interesarme por esta novela. Hace tiempo leí “la fuerza de su mirada” de Tim Powers, ambientada en el mismo contexto histórico, y me encantó. Me intriga contrastar el tratamiento que pueden hacer autores tan distintos de un mismo episodio histórico. Un saludo.

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